viernes, 9 de abril de 2021

CALLEJONES SIN SALIDA 6


 
Como había planificado Antonio Ibar llegó con más de una hora de anticipación a la dirección indicada en la “convocatoria”. Era una casona antigua de calle Dieciocho que hace mucho había perdido su esplendor, cuando era la aristocracia capitalina la que vivía en esos barrios. Recorrió un par de veces la acera vecina sin perder de vista la puerta de ingreso a la antigua vivienda. Fue así como vio que un anciano acompañado de un perro salía del lugar y con caminar pausado ingresaba a un almacén para luego salir con una bolsa plástica casi transparente en la que llevaba tres huevos y una marraqueta. Le bastó un saludo y un par de consultas para enterarse por el hombre, que oficiaba de conserje, que el lugar se arrendaba por salones para las más variadas reuniones. Sindicatos, gremios, nacientes agrupaciones políticas, organizadores de proyectos artísticos, seguidores de Isha o de Osho, todos podían concretar allí sus asambleas y encuentros cancelando por horas el valor del refugio. Hasta clases de Yoga y de Tarot se hacían, le dijo el anciano que no tuvo problema en invitarlo a dar un breve recorrido por la casa. Cuando llegaron las “Guías Katralas” se sorprendieron, e incomodaron un poco, de encontrarlo ya en el lugar, tomando una taza de café, mientras acompañaba en su desayuno de huevos revueltos al viejo conserje en una pequeña oficina habilitada como administración. 
Eran tres. Le pidieron esperar hasta la hora señalada en el mensaje. Luego de ese lapso una de ella regresó a la oficina para llevarlo hasta el lugar de la cita. Habían cerrado las cortinas de la sala. Le indicaron tomar asiento en la única silla que habían dejado mirando hacia una tarima de madera donde dos de ellas se habían instalado sentadas tras un escritorio. La tercera se quedó, como haciendo guardia, junto a la puerta.       
Yo soy “Katrala Lila” dijo con fuerza la joven de pelo fucsia. Yo soy “Katrala Fucsia” dijo luego la que tenía mechones de pelo en tono violeta. Ambas se cubrían el rosto. “Lila” con un pañuelo verde y “Fucsia” con uno negro. El detalle, muy notorio, era que además cada una llevaba amarrado en su muñeca izquierda otro pañuelo precisamente del color que la otra “Katrala” usaba para embozarse. 
_Si  ya les vi el rostro ¿tiene sentido lo de enmascararse? –preguntó casi ingenuamente Ibar.
_¡Silencio no sea impertinente… así es como está planificado! –le espetó “Fucsia” que era la de mayor edad de las tres. 
_ ¡Ok, ok. Vámonos con calma! Era solo una pregunta. No se olviden que soy el invitado…
_¡El “convocado”! –le corrigió rápida y bruscamente “Fucsia”.
_ Sí, sí, eso mismo el convocado.
Ibar no dijo nada más, pero mirándolas pensó si existía el concepto “Militancia Cromática” o se le había ocurrido a él en ese momento. Tuvo la fuerte sensación que asistiría a una puesta en escena. A la lectura de un libreto. Suspiró profundo y se dispuso a escuchar…

Una hora y media después, y con muchas ganas de almorzar, Antonio Ibar se reunía con su amigo Cifuentes en Avenida Brasil en un local de pollos asados y papas fritas. En el horno giraba jugoso y dorado el futuro plato de los comensales, mientras desde unos desgarrados parlantes de auto que colgaban de unos clavos en la pared, con sus bocinas y cables a la vista, sonaba el disco “What’s the Story Morning Glory” de Oasis. Con cada tema el encargado del mesón de cocina, un tipo flaco de lentes oscuros y chaqueta de buzo, en busca evidente de un look parecido a Noel Gallagher, cantaba entusiasta en un spanglish sin pudores idiomáticos. Un par de afiches de la banda y otro de una flameante “Union Jack” terminaban de darle el toque “Brit” al restaurante de comida rápida. 
_ ¿Cómo te fue con las chiquillas? Preguntó Cifuentes que ya se servía unas empanadas de queso con salsa de ají como tentenpié.
_Una chiquilla y otra no tanto. Mal. Mucho ruido y pocas nueces. Me leyeron un  comunicado  contra la herencia patriarcal e imperialista del Movimiento y acusando a las fuerzas reaccionarias de querer involucrarlas en este asesinato para desprestigiarlas y distraer su lucha por la causa “Trevolucionaria”…
_¿¡Trébol…qué!? –exclamó carraspeando su compañero de mesa que casi se atora-
_”Trevolucionaria”
_ Oye, ¡que ingenioso el concepto!
_  ¿Cierto? Deberían patentarlo. Pero a nosotros de bien poco nos sirve para averiguar quién apuñaló a Reyes.
_ Bueno, ¿esperabas que te dijeran “sí, nosotras lo matamos”. Hay que seguir averiguando, andan muy bélicas…en una de esas.
_No le veo mucha conexión, ni mucho motivo.
_¿Y entonces qué te tinca?
_¿Pudiste conseguir el dato de la mamá?
_Sí, lo busqué en los registros. Tengo la dirección. Se llama Matilde. Matilde Cruz.
Después de almorzar salieron a ubicar dónde vivía la madre de Reyes. Solo entonces se percataron, entre sonrisas, que el local se llamaba “Chicken Supernova”. Buen detalle, pensó Antonio, al mirar el nombre escrito con la misma tipografía que usaba la banda de Manchester. 

El edificio que buscaban estaba en calle Rosas, unas cuadras al poniente de la Plaza Yungay. Pese a tener pocos años de ser entregado ya se le veía deteriorado y sucio. Algo del revestimiento amarillo mostaza se descascaraba en su exterior. Había ventanas con ropa colgando y una bicicleta equilibrándose sobre una rueda luchaba por no caer desde el estrecho balcón donde la habían dejado junto a una planta que buscaba algo de sol. Un grafiti esquinero ofreciendo “Fuego a la Yuta” y otro exigiendo “Libertad a todxs lxs presxs” daban también el ambiente de bienvenida al visitante. En su interior, bajo el color ocre en una de las paredes del hall de ingreso destacaba el halo impertinente de una gran mancha de humedad que inútilmente habían intentado tapar con pintura en más de una ocasión. 
Con Cifuentes entraron y se acercaron al portero. Un hombre de unos  60 años o más que llevaba una camisa de franela a cuadros arremangada. Usaba lentes, estaba mal afeitado y cuando le hablaron levantó, sin muchas ganas, la cabeza de la pantalla del computador donde jugaba a lanzar pelotas de colores contra otras esferas brillantes que desaparecían al chocar entre si. De mal modo y con las palabras más breves que pudo encontrar les indicó el departamento del cuarto piso donde vivía la madre de Fernando Reyes. Tomaron las escaleras y fue en el segundo piso cuando Ibar pudo identificar con precisión el olor a comino y ajo en exceso junto al aroma a frituras que los recibió y envolvió cuando recién subían por el primero.
A pocos segundos  de tocar el timbre abrió la puerta una mujer de unos 70 años o más, menuda, de pelo cano tomado en moño con unos delgados pinches metálicos. Los quedó mirando con el ceño fruncido. Vestía un delantal floreado en tonos rosado y azul. Bajo el delantal toda su ropa era de color negro. Ibar miró sus manos y le llamó particularmente la atención su piel tan delgada y blanca que parecía translucida en contraste con la luz que se proyectaba desde  las ventanas de su living.
Ante los segundos de silencio de Antonio parado frente al umbral de la puerta fue Cifuentes el que tomó la palabra. 
_Señora Matilde, buenas tardes, lamentamos si la interrumpimos. Éramos conocidos de Fernando. Queríamos expresarle nuestras condolencias. Lo conocíamos de los scouts.  
Esa fue como una palabra mágica. Apenas dijo “scouts” el gesto mas bien inamistoso de la madre de Fernando Reyes cambió por una sonrisa triste, pero afable.  
_ ¡Ahhh de los scouts! Entonces pasen, pasen por favor… gracias por venir. Uds deben saber, los scouts eran lo más importante para mi niño, todo su mundo podríamos decir. Lo apasionaba todo lo que tenía que ver con eso…
Los invitó a pasar al living y se sentaron en un sillón que se notaba de factura económica y tapizado en una felpa café oscuro. Apenas ingresaron pudieron notar en una esquina de la habitación una pequeña mesa con la fotografía enmarcada de Fernando Reyes con uniforme y pañolín. Colgado del marco un rosario de cuentas celestes y frente a la imagen una varita de incienso encendida y una pequeña vela que iluminaba levemente ese rincón.
_Nos enteramos por la noticias y quisimos venir a darle nuestro pésame ¿Ya sabe cuándo será el funeral? –dijo Ibar fingiendo un rostro apesadumbrado-.
_ Mi hermano Alberto va hoy a retirar el cuerpo del Servicio Médico Legal de Rancagua y esta misma tarde noche lo velamos aquí en calle Agustinas con Cumming, en la Parroquia Capuchinos… ¿Uds son de su grupo en Vitacura? ¿Van a poder venir a despedirlo?
_ Nosotros somos de otros grupos -salió al paso Cifuentes- pero conocimos a Fernando en varios eventos y cursos de formación. Igual le vamos a avisar a los de su grupo de la dirección de la parroquia y los datos del funeral que Ud nos dé.
_ ¿De la policía no le han contado algo más? Preguntó Ibar mientras miraba fijamente la fotografía de Reyes en su pequeño altar doméstico.
_No me han dicho nada más desde ayer que supe de su muerte. Más encima me hicieron un montón de preguntas cuando vinieron. Imagínense querían saber si alguien podía tener algún problema con mi niño, si alguien. le podría guardar algún rencor. ¡Valgame Dios!, les dije, se nota que no lo conocían. Si a mi niño lo quería todo el mundo. Más en los scouts todavía ¿no? 
_ ¡Claro, claro! La refrendó Cifuentes con su mejor cara de póker. Nosotros tampoco entendemos porque lo atacaron así. 
_ ¿Habrá sido un asalto? –preguntó la mujer que lloraba sin estridencia y secaba por turnos los lagrimones que le caían alternadamente de sus ojos- En este barrio hay mucho cogotero y mucha droga ¿sabe? Fernandito frecuentemente regresaba tarde de sus reuniones. Yo le pedía que se cuidara, que no llegara tan de noche. Y él me decía “no se preocupe mamita muy muy luego nos vamos a ir de acá. Vamos a vivir a un barrio mucho más bonito y más seguro”. Siempre tuve miedo que le hicieran algo por aquí, nunca pensé que me lo iban a matar en un campamento.  
_ ¿O sea estaban por mudarse? 
_Fernandito quería que saliéramos de este barrio. Hace un par de meses me contó que había conseguido un buen trabajo y que nos íbamos a cambiar a un departamento en el barrio alto. Eso me decía y estaba tan contento. ¡Oh disculpen no les he ofrecido nada! Estoy tan confundida con todo lo que ha pasado. ¿Una taza de té? Café no tengo, casi nunca compro. Demasiado caro y nosotros siempre hemos tenido un presupuesto muy ajustado. 
_ Sí por favor , yo le agradecería una taza de té. ¿Y ese era un trabajo relacionado con los scouts? –preguntó Cifuentes.
_No, creo que no… –alcanzó a decir la mujer levantándose para acercarse luego a la pequeña cocina que se apreciaba por una puerta abierta que daba al living-comedor. 
Mientras esperaban el té no cruzaron palabra. Ibar trató de imaginar el devenir cotidiano de Reyes en ese modesto departamento junto a su madre a la que ilusionaba con llevarla a vivir al barrio alto de Stgo. Divagaba en eso cuando llamó su atención un par de coloridos telares que colgaban de la pared de un pasillo que seguramente pensó conducían a los dormitorios. 
_...Era algo con administración pública, lo que estaba estudiando –dijo ella al retomar la conversación mientras dejaba una bandeja plástica con tazas de té sobre la mesita de centro- Estaba por terminar ya su carrera mi niño. Era tan inteligente. Me dijo que iba a ser el primero de su clase, que todos los profesores lo felicitaban mucho. Al parecer era un puesto importante en esa empresa de los arbolitos rojos. Siempre traía carpetas con papeles de esa firma. Seguramente se estaba preparando para cuando empezara a trabajar ahí. ¡Tan responsable que era mi niño!
_¡Bonitos adornos! Dijo Ibar señalado a los telares de la pared.
_Me los regaló Fernandito, son muy bonitos ¿no?. Son unas artesanías panameñas. Me los trajo cuando regresó del viaje. Los scouts de allá lo invitaron y le pagaron todos los gastos. “Porque somos una gran hermandad”, me decía. ¿Qué bonito no? Llegó tan contento de ese viaje a Panamá y me trajo esos recuerdos.  
_Señora Matilde –intervino Ibar- espero no incomodarla pero con Fernando estábamos preparando una presentación para obtener fondos concursables y comprar carpas y cocinillas a grupos de menos recursos ¿me entiende? Y Fernando tenía esos documentos ¿Ud nos permitiría ir a la habitación de Fernando para ver si los podemos encontrar? Era un proyecto muy querido de su hijo y no quisiéramos que se pierda todo ese trabajo ¿será posible?
Cifuentes se quedó con la boca abierta y la taza de té en su mano suspendida en el aire a medio camino al escuchar como Antonio le mentía descaradamente a la mujer. Todo para poder ir a la pieza de Fernando Reyes y registrar sus cosas.
_Sí pues, claro. Como le digo los scouts eran su mundo y siempre estaba en contacto con tantos grupos distintos y tantas instituciones armando proyectos y cosas así. Vengan por acá. Les voy a mostrar su pieza. Yo no he entrado porque me da más pena todavía ¡Ay mi niño ¿por qué me dejaste solita?! 
Entraron a la habitación de Reyes. A pesar de la antigua odiosidad que le provocaba el personaje en cuestión, Ibar no pudo dejar de sentir algo de tristeza. Junto a la cama colgaban de una pared una colección de unos 20 pañolines. Sobre la cabecera un póster del Jamboree Mundial de 1999 en el que se veía el gran collage de imágenes tomadas por el  fotógrafo Jesús Inostroza. Al lado de la única ventana estaba el escritorio con un notebook y encima una estantería con libros y carpetas. Varios textos eran manuales y reglamentos institucionales. Algunos códigos legales del tiempo en que estudió leyes. Otros eran libros del tipo “Quién se robó mi queso” o “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”. También tenía un par de novelas de Paulo Coehlo. 
_No te demores –le pidió Cifuentes- 
Antonio entonces tomó una de las carpetas que sobresalía de una las repisas. Estaba vacía pero le mostró la portada a su amigo.
_ Los arbolitos rojos-destacó Ibar-
En la esquina superior derecha de la blanca cartulina se apreciaba el logo magenta de tres siluetas estilizadas de árboles contra una  línea a manera de horizonte. Bajo el dibujo se podía leer “Sequoia JPO. Consultoría y Coaching Empresarial”.

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